Los humanos somos seres sociales, necesitamos de los demas para vivir, debemos relacionarnos, dar y recibir. Desde pequeños, los niños, van aprendiendo sobre esta interdependencia. Los adultos somos responsables de ayudarlos a sentir, pensar y actuar con los otros. Precisamente es de lo que vamos a hablar hoy, de la acción de dar y recibir, de ser solidario, de integrar. Lo vamos a hacer con la experiencia que nos cuenta en primera persona Angel de Pedro, profesor de E.S.O. y bachillerato del colegio Marista San José del Parque de Madrid.
Hay una canción de Jorge Drexler que dice : “cada uno da lo que recibe y luego recibe lo que da, nada es más simple, no hay otra norma: nada se pierde, todo se transforma”.
"Qué atinado estuvo el señor Drexler con esta canción, al menos a mi me lo parece cuando pienso en mi experiencia de voluntariado en Guatemala.
Durante
el pasado mes de julio, estuve en el hogar Santa María de Guadalupe, en Santa Apolonia de
Tecpan,Chimaltenango. Allí conviví
durante un mes con cuatro hermanas escolares de San Francisco, congregación que
fundó este hogar, para acoger a los
niños huérfanos de la guerra civil guatemalteca en los años ochenta.
Actualmente,
el hogar atiende a niños y niñas huérfanos parciales o totales y de escasos
recursos económicos. En este internado
viven cuarenta y cinco niños y
niñas, desde siete meses hasta 18 años. El centro les ofrece un hogar donde desarrollarse como
personas, cubriendo sus necesidades materiales básicas, académicas y
personales. Cuentan con una profesora de
apoyo extraescolar, una psicóloga y una educadora social. Con todos ellos
trabajamos los dos voluntarios de SED, poniéndonos a su servicio con la mejor
de las voluntades.
Nuestras
funciones en este campo de trabajo se centraron en : refuerzo escolar, actividades
de ocio y apoyo a la psicóloga en el seguimiento a los niños y niñas del hogar.
Ah si! y CONVIVIR Y COMPARTIR, sin duda los más gratificante y enriquecedor.
Hoy,
después de unos meses, cuando pienso en esa convivencia, extraño a tanta gente,
que no me queda más remedio que dar otra vez la razón al señor Drexler.
Es
más que cierto, cuando recibes tanto,
tienes ganas de dar, y cuanto más das, más recibes. La complicidad que he
tenido la suerte de tener allí con aquellos niños y niñas, ha superado con
creces cualquier expectativa que yo hubiera imaginado a priori.
Llegué
a Guatemala el dos de julio, ilusionado, expectante, con una energía y
motivación enormes. Aterrizas, te asientas y empiezas a observar. La realidad
que descubres es magnética, es un mundo tan diferente al nuestro en algunos
aspectos. Te surgen dudas, preguntas, te cuestionas las cosas. Intentas dar
sentido a un lugar desconocido para tí. Vas descubriendo una realidad a veces
incoherente, otras absurda, en ocasiones contradictoria…y por supuesto, una
realidad en la que no tardan en aparecer las múltiples manifestaciones de la
injusticia social.
Poco
a poco, te vas formando una idea, sesgada y plagada de subjetiviadad, ya que la
idiosincrasia de un país no se conoce en profundidad en un mes, pero si vas descubriendo
algunas claves que te ayudan a entender algo de lo que allí pasa.
Observas,
y con los ojos de la razón, identificas, reconoces e intentas comprender,
buscar las claves de lo que pasa, el por qué de la tremenda injusticia.
Eso
con los ojos de la razón, pero como el ser humano está construido de una parte
cerebral y otra visceral, también comienzas a ver con los ojos del corazón.
Si
con los ojos de la razón observas, identificas, reconoces y comprendes; con los
del corazón, te involucras, denuncias, te mojas y luchas. Te implicas.
Los
ojos de la razón ven la pobreza, la desigualdad, la injusticia; con los ojos
del corazón pones nombres y apellidos concretos a todo eso.
Con
la razón te indignas y te cabreas, con el corazón canalizas eso hacia el
compromiso y la acción.
Vuelvo
a la canción de Drexler, …”nada se pierde, todo se transforma”…cierto, la
indignación se transforma en implicación.
Allí,
en el hogar, estudias con los niños, también juegas con ellos, comes con
ellos…pasas muchas horas con ellos, charlas y charlas, ves sus necesidades,
escuchas sus historias e imaginas sus inquietudes, te hacen saber sus deseos
vitales.
Día
a día se van metiendo en tu vida, poco a poco te vas metiendo tú en la suya. Te empieza a preocupar su presente y también su futuro, e intentas ayudar, ofreces.
Pero empiezas a recibir, comienza con el agradecimiento sincero de una mirada
limpia y noble, de alguien al que has ayudado a hacer los deberes. Sigue con “tres
mil” abrazos después de cenar y justo antes de que se vaya a la cama. Y no
paras de recibir, cuando juegas al futbol con ellos o la comba o escuchas música y te devuelven una
sonrisa que te llena de felicidad.
Se
define rápido, cargadito de amor sales de una experiencia así. No soy capaz de decir en que les he ayudado,
que les he aportado yo, sin embargo, sí tengo clarísimo lo mucho que esta
experiencia me ha aportado a mí.
La
experiencia te transforma, te enriquece. Esa transformación se deja sentir en una cuestión innegable, todas las
vivencias que allí experimentas abren tu mente, suman una nueva perspectiva a
tu forma de ver las cosas.
Cuando
regresas y te adaptas al día a día de tu vida, se produce un periodo de reflexión.
Y surgen las preguntas, te cuestionas cosas. Por tu cabeza rondan dudas. Algunas, eres capaz de contestarlas con
cierta prontitud, otras son más complicadas, y necesitas madurar más la
respuesta.
Lo
más valioso que me ha aportado esta experiencia es esto, la necesidad de
cuestionarme ciertas cosas y darme respuestas.
Ahora mi cabeza cuenta con un nuevo filtro, que tengo en cuenta cuando
me planteo ciertos aspectos de la vida.
Y
llegas a conclusiones, tengo más claro
ahora que nunca, que la sensibilidad y empatía hacia los demás, es básica para
poder relacionarte con las personas.
Creo que una sociedad de
individuos que no hacen el esfuerzo por mirar y ser sensibles con los
que peor lo pasan, es una sociedad abocada al fracaso.
Pienso
también en la componente aleatoria de nacer en lugar u otro, es una cuestión
puramente azarosa, pero que sin embargo condiciona mucho el tipo de vida que
cada persona va a tener, para mí esto representa una injusticia insoportable.
Esta
experiencia me ha demostrado que, en
esencia, los seres humanos somos
iguales, independientemente de la raza, clase social, religión, cultura, origen…Lo
compruebas cuando ves que las inquietudes, actitudes y los deseos más básicas
de los niños, son casi calcados allí y aquí. Hay comportamientos universales en
los seres humano, un lenguaje universal que nos unifica como especie.
Por
último, quería decir que me ha servido esta experiencia para reforzar la idea de que cuando tienes cariño
por alguien, cuando respetas su dignidad, cuando deseas el bien de ese que tienes al lado, generas un arma muy
competente para derribar miedos, barreras culturales…La fraternidad es un
potente arma de transformación del mundo.
Tengo muy claro, igualmente, que desde aquí,
desde el primer mundo, se pueden hacer muchas cosas para corregir las
injusticas que se dan allá, se pueden hacer muchas cosas a nivel individual y
también colectivo.
Intento
que la pregunta: ¿Cómo puedo ayudar al
que lo necesita? esté muy presente en mi vida.
Por
terminar, he recibido tanto allí que quisiera dar las gracias. Empiezo por SED,
por darme la oportunidad de vivir esta experiencia. No me olvido de la gente de
FUNDAMAR, que nos trataron extraordinariamente y nos ayudaron a entender mejor
aquel país, gracias Fredi.
Gracias
a mi compañero Juan, que me dio el
equilibrio que necesitaba, ha sido un placer compartir contigo esta experiencia. Mi agradecimiento también a
las hermanas de San Francisco, por
hacernos sentir como en casa. Y como no, y por encima de todo, gracias a los
cuarenta y cinco niños y niñas del hogar, por aportarme tantísimo y por dejarme
entrar en sus vidas. Ha sido, como me decían ellos para referirse a algo que es
lo mejor de lo mejor, una experiencia PURO UTZ PIN PIN".
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