No cabe duda que alguna vez nos hemos cuestionado el nivel
de nuestra inteligencia, así como la de las personas que forman nuestro
entorno. Plantearse, que con una prueba
que refleje nuestra inteligencia, y si esta es favorable, vamos a conseguir
superar todas las dificultades que se nos planteen en nuestra etapa estudiantil
es un grave error.
Evidentemente las
personas que ocupan los puestos más relevantes en nuestra sociedad, son
personas que (aunque muchas veces nos parezca que no) poseen un coeficiente
intelectual igual o superior a la media, pero donde realmente destacan, es y ha
sido, en su inteligencia emocional, normalmente han destacado del resto, por la
capacidad de interactuar con otras personas, por la capacidad de reconocer los
sentimientos propios y ajenos sabiendo manejarlos. Además han sabido auto
motivarse y reaccionar de manera contundente después de una dificultad.
El Coeficiente Intelectual, no cabe duda que es muy
importante para tener éxito en algún campo concreto, aunque no lo garantiza. Podemos
decir que es un parámetro que te va a situar en un escenario especifico en el
futuro, muchas veces se puede aproximar la profesión de una persona dependiendo
si en ese C.I. tenemos más desarrollado el campo tecnológico-matemático, o el
campo social. Pero no cabe duda que el parámetro que nos va a hacer promocionar
dentro de un colectivo va a ser lo desarrollada que tengamos la inteligencia
emocional.
Estudios psicológicos demuestran que los niños que tienen un
C.I. alto son niños más tristes que el resto, muchas veces se sienten
desplazados del grupo y esto sucede porque son niños que no tienen la
inteligencia emocional lo suficientemente desarrollada como para integrarse en
el grupo y expresar sus pensamientos. Los niños que además de tener un
destacable C.I., poseen una inteligencia
emocional muy desarrollada ejercen de auténticos lideres sobre el resto, y si
nada se tuerce en los años siguientes, tienen muchas posibilidades de triunfar
en el campo que se propongan.
Las personas nacen con ciertas aptitudes, que pueden facilitar
de un modo muy efectivo el desarrollo de su capacidad de aprendizaje, no
obstante la inteligencia emocional y la inteligencia cognitiva se pueden
aprender y mejorar. Aquí es donde entra el papel del docente, el cual ha de ser
consciente que tanto la inteligencia cognitiva como la inteligencia emocional
se deben integrar en su metodología de trabajo para enseñar a los niños a ser
emocionalmente inteligentes. Si un niño es capaz de controlar sus emociones y
sentimientos, y además es capaz de gestionar sus relaciones con otros niños de
manera integradora, tenemos muchas posibilidades que ese niño encuentre un
equilibrio entre lo emocional y lo cognitivo que le haga tener muchas
posibilidades de triunfar en un futuro. Para ello la escuela ha de dotar a los
alumnos de estrategias y habilidades básicas que marquen el camino a seguir por
estos.
Los docentes, por tanto, tenemos la difícil tarea de sacar a
los niños de un posible estado de confort que les haga conformistas y faltos de
dinamismo social. Han de ser capaces de transmitirles ideas y conocimientos que
abran su mente y les produzcan inquietudes para seguir avanzando y mejorando
tanto a nivel intelectual como emocional.

No hay comentarios:
Publicar un comentario